NO DIGAS A TU MADRE QUE SOY ARQUITECTO_PABLO J. LÓPEZ HERNÁNDEZ







No digas a tu madre que soy arquitecto. (Arquitectos al menudeo). Pablo J. López Hernández


Cuando yo era joven la carrera de arquitectura era una de las más guay. A ella se apuntaban, vocacionalmente unos, despistadamente otros, y todos soñadores de futuras glorias. Entre nuestros amigos era una de las carreras que más molaba. Para los que aspirábamos a ella, la arquitectura era la conjunción del arte y de la ciencia, del disfrute personal y del reconocimiento social. Todo fundido, encastado y bien pagado. Lo más plus. La repera.

También existían otras profesiones aupadas al pedestal de las "carreras buenas". Pero los futuros "artistas"" las despreciábamos un poco, porque pensábamos que eran más grises y tristes. Su reconocida relevancia económica no nos interesaba en demasía, porque nosotros éramos más progres y estábamos en otros temas.

La arquitectura se escribía y hablaba siempre con A mayúscula. Desde antaño, los arquitectos habían ostentado un estatus de reconocimiento y dignidad. Su sentido de la sensatez y del bien hacer los respaldaban.

Pero todo ha ido cambiando a peor. Ahora estamos probando el hierro del paro, de la precariedad económica, y de una creciente y descalificante crítica social, crisis incluida. Desde hace, al menos una década, y descarnadamente en los últimos años, nos hemos caído (mejor dicho nos han tirado) del egregio pedestal de antaño. Y parece que no quedarán muchos ni para recoger los trozos rotos.

Los arquitectos del star-system, los glamurosos, comienzan a ser contemplados con recelo por los tantos disparates megalómanos y los descontrolados dispendios económicos. Al resto solo se nos utiliza y apenas se nos contempla. Y si se hace, generalmente tampoco es con grandes elogios.

¿Porque estamos donde estamos, sin pena ni gloria, y con una gran mayoría inmersa en esta precariedad? Diré una primera razón que se me ocurre: Porque hemos olvidado nuestra función social, (algunos ni siquiera la conocen todavía).

También diré una segunda: Porque casi nos lo hemos ganado a pulso.

Lo demás es engañarse y como el poner tiritas para detener una hemorragia. Y no saldremos de esta si no identificamos y asumimos primeramente nuestros errores. Solo citaré, por no aburrir, algunos de ellos.

Primer error: Muchos arquitectos hemos olvidado la cualidad fundamental de lo que es la arquitectura. Hasta hemos aceptado que se nos encasille como una "profesión" más. Ya sé que en la sociedad actual no es posible ir por libre y sin el titulito. Y que tampoco se trata de que todos los arquitectos nos creamos Borrominis o Palladios; pero hemos permitido, poco a poco, el soportar y el tener que dedicar la mayor parte de nuestro tiempo a pura burocracia y papeleo, en vez de poder pensar más en formas y espacios, (a algunos ni siquiera les ha dado tiempo ni a pensar). Nos hemos "profesionalizado", pero a peor. Se nos cataloga, en el mejor de los casos, como unos meros firmones a los que inexcusablemente hay que acudir para tramitar papeles y permisos. De arquitectura, a veces, ni se habla.

Segundo error: Endiosados y arrogantes en nuestro papel de "artistas", hemos ido renunciando a otros campos de actividad de "bajo rango" para nuestras elevadas pretensiones. La vanidad no nos ha permitido, en el mayor de los casos, hacer nuestras y en profundidad otras formas alternativas de trabajo, e intentar impregnarlas de un espíritu propio. Cierto es que la valoración de un inmueble, o un estudio de seguridad y salud no son temas especialmente áulicos o para el cultivo de la belleza, pero seguro que siempre habrá algún resquicio para tunearlo. La mayoría ni lo hemos intentado.

Tercer error: "Cuanto más mejor, y si es en menos tiempo megamejor". Cuando la coyuntura y la bonanza así lo han permitido, los proyectos, las obras y las decisiones tomadas han carecido, y no nos ha importado, del tiempo de maduración que requerían. Acuciados por el propietario, por la promotora, o por la administración, hemos redactado los planes, proyectos, contraplanes y contraproyectos en tiempos récords en los que hasta difícilmente era posible siquiera el leerse bien las normativas y ordenanzas o entrar en la esencia de cada cuestión. El desastroso resultado edilicio en algunas zonas, sobre todo del litoral, a la vista está y con el nuestro menguante prestigio.

Cuarto error: Estúpidamente hemos entrado en la trampa del regateo económico y de las rebajas. El engañoso lema de "mayor resultado en menor tiempo" (la maldita competitividad), lleva aparejado el "que si se hace tan rápido es porque, al fin y al cabo, lo que se hace no es tan difícil y es solo papel (a mi me lo han dicho más de alguna vez), y por lo tanto su valor también vale menos. Defender que detrás del papel hay muchas más cosas es cansado y aburrido, y cuanto más poderoso económicamente e inculto es el cliente (suele coincidir), más le traen sin cuidado nuestras teorías proyectuales, (que la verdad, algunas son un poco pedantes). En el caso de las grandes promotoras la situación es sangrante. Así que todos a jugar al si-quieres-lo-tomas-y-si-no-lo-dejas-y-rapidito-que-hay-cola.

Quinto error: Hemos tragado año tras año, legislatura tras legislatura, con todo el aluvión de normas, códigos, y decretos con que se nos ha torpedeado. El CSAE no ha resultado precisamente demasiado eficaz. La administración, los otros colectivos, o quien pasaba por allí, nos han metido todos los goles que han querido. La LOE, la Omnibus esa, Bolonia, el CTE, y yo no sé cuantas cosas más, por no entrar en el sudoku de las distintas legislaciones que cada Comunidad Autónoma se ha ido inventado, han convertido nuestra tarea en una verdadera carrera de obstáculos. Toda una serie de corsés legislativos, decretos, modificados de errores de los decretos y normas cambiantes y hasta contradictorias. Cuando nos hemos dado cuenta ya estábamos liados en una maraña sin salida cuya finalidad es solo una: los arquitectos son los responsables de todo.

Sexto error: El creernos estar por encima del bien y del mal cuando a la crisis actual ya se le veían las orejas. Hemos cerrado los ojos ante la realidad que llegaba. Al que le iba bien porque le iba bien, y pensó que de esta se salvaba. Al que le iba mal porque ni se había enterado de que alguna vez las cosas fueron mejores. Encerrados en nuestro caparazoncito, ingenuamente, nos creíamos intocables. Así nos va.

Séptimo error: Muchos no nos hemos adecuado, seriamente, a las nuevas formas de trabajar que los tiempos y la sociedad actual exigen. Nuestra genial individualidad estaba por encima de todo. Trabajábamos "multidisciplinarmente", pero solo de boquilla. Muchos contábamos solo con algún ingenierete para resolver lo del aire acondicionado, y la estructura si aquello se complicaba un poco. Ni nos hemos enterado en los tiempos que corren que la arquitectura no es solo ese dibujito que hacemos en la servilleta de papel el rato en que estamos "inspirados", y que el trabajo de equipo tampoco se limitaba solamente a esa petulante y paleta coletilla del "y asociados", "arquitectura integral", y otras sandeces que pomposamente ponemos en nuestras tarjetas y en nuestros logotipos, eso sí, perfectamente diseñados.

La mayoría no hemos sido conscientes de que la arquitectura se ha transformado en una disciplina compleja, que exige una respuesta multidisciplinar, pero de la de verdad, y en la que hay que aceptar que uno no lo sabe todo, y en la que para sintetizar y coordinar eficazmente hay que contar primero con quienes si saben específicamente de otras cosas. En nuestro papel de " divinos solistas", a muchos se nos olvidó que existía el resto de la orquesta.

En E.E.U.U ya no existen prácticamente, o muy escasamente, los arquitectos independientes. En China, el que trabajen dos mil arquitectos (chinos) en el mismo edificio es cosa normal. Que yo sepa, en España la mayoría de la profesión aún se concentra en estudios de pequeña escala. Y ahora con la crisis ni eso. Y no es que en USA o en China tengan mayor potencial económico (que lo tienen), sino que han aprendido rápido como se tienen que hacer las cosas actualmente y con verdaderos equipos. Hemos perdido el paso que la sociedad actual lleva.

Existen más errores, que ahora ni soy capaz de descubrirlos, pero que nos han llevado a ningún sitio y estar un poco perdidos. Y ser carne fresca de cañón para los que nos tenían ganas.

Se nos dice que tenemos que renovarnos. Tal vez sea lo cierto. Yo lo único que sé es que hemos pasado anteriormente por circunstancias parecidas, más leves sin duda, y que ciertamente, solo nuestra capacidad camaleónica de adaptación nos salvó.

Así que para no acabar en vía muerta, tendremos que reinventarnos. La ilusión y la imaginación son las armas con que contamos y que nunca nos han fallado. Y además, entender que aparte del dibujito de la servilleta, hay que incorporar en nuestra tarea las cualidades que los tiempos exigen inexorablemente:
sostenibilidad, ecología, ahorro (energético y de los otros), respeto medioambiental, equipos, economías, integración, especialización,......... y todo lo que se nos ocurra. Por ahí va inevitablemente el futuro si queremos sobrevivir y que la sociedad nos reencuentre. Para los jóvenes arquitectos es una obligación. Para los mayores casi una quimera. Mientras tanto apretar los dientes y aguantar.

Habrá que renunciar, de momento, a nuestra ansiada subida al olimpo de los dioses. Para subsistir, y durante la ineludible travesía, a picotear por aquí y por allá y trabajar un poco al menudeo y a lo que salga. ¡Ah! y seria advertencia para aquellos con novias/novios o ligues con futuro : mejor que tu pareja no le diga a su madre que sale con un arquitecto.




Publicado el 18 de mayo de 2012 en:







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